La última puerta: La muerte de Aldous Huxley

Un hombre que llevaba toda la vida pensando en cómo morir

Aldous Huxley había pasado buena parte de su obra imaginando futuros —el más célebre, el de Un mundo feliz (1932), donde la sociedad anestesia el sufrimiento con una droga llamada soma—. Pero el 22 de noviembre de 1963, a los 69 años, no estaba imaginando nada: Estaba muriendo, en su casa de Los Ángeles, de un cáncer de laringe que le habían diagnosticado tres años antes y que, en sus últimas semanas, le había arrebatado la voz.

Ese detalle, pequeño y devastador, es la clave de todo lo que sucedió después: Huxley no pudo decir su última voluntad. Tuvo que escribirla.


La petición escrita

Postrado en la cama, ya sin poder hablar, Huxley tomó una libreta y escribió una nota para su segunda esposa, Laura Archera, una música y psicoterapeuta italiana con la que llevaba casado siete años:

«LSD, 100 µg, intramuscular.»

No era un impulso repentino. Huxley llevaba una década investigando los estados alterados de conciencia —había experimentado con mescalina en 1953, una experiencia que dio origen a su ensayo Las puertas de la percepción (1954)— y, ocho años antes, había acompañado hasta el final a su primera esposa, Maria Nys, fallecida de cáncer en 1955. Aquella primera muerte le había dejado una reflexión que después repetiría:

«Los vivos pueden hacer mucho para que el tránsito sea más fácil para los moribundos: para elevar el acto más puramente fisiológico de la existencia humana al nivel de la conciencia.» — Aldous Huxley

Su última novela, La isla (1962), narraba una sociedad utópica en la que los moribundos recibían una sustancia llamada moksha —palabra sánscrita que significa «liberación»— para acompañar la muerte con lucidez en lugar de miedo. Lo que pidió por escrito aquella mañana de noviembre no era ficción: era, literalmente, poner en práctica lo que había imaginado un año antes en su propio libro.


Lo que ocurrió esa tarde

Laura Huxley relató después, con una precisión casi clínica, lo que sucedió esa mañana y esa tarde, en una larga carta al hermano de Aldous, el biólogo Julian Huxley, que más tarde formaría parte de su libro This Timeless Moment: A Personal View of Aldous Huxley (1968):

  • A las 11:20 de la mañana, Laura le administró la primera inyección de 100 microgramos de LSD por vía intramuscular.
  • Ella misma insistió en aplicarla personalmente, aunque el médico presente se ofreció a hacerlo al ver que le temblaban las manos: «No, tengo que hacerlo yo», respondió.
  • Una hora más tarde le administró una segunda dosis.
  • Durante las horas siguientes, Laura permaneció junto a él, hablándole al oído —cumpliendo otro de sus deseos: que le leyera fragmentos del Libro tibetano de los muertos, un texto que guía simbólicamente la conciencia durante el proceso de morir.
  • Según su relato, las personas presentes en la habitación —el médico, las enfermeras, la propia Laura— coincidieron después en que fue, en sus propias palabras, «la muerte más serena y hermosa» que habían presenciado: sin dolor ni signos de sufrimiento.
  • Aldous Huxley murió a las 5:20 de la tarde (hora de Los Ángeles) de ese mismo 22 de noviembre de 1963.

Una muerte eclipsada por la historia

Hay un detalle que da a este episodio un peso casi surrealista, digno de la propia obra de Huxley: mientras Laura esperaba en la habitación contigua a que la enfermera preparara la inyección, se sorprendió de ver al médico y a las enfermeras pegados al televisor. No fue hasta más tarde cuando entendió por qué: esa misma tarde, a las 12:30 (hora de Dallas, casi al mismo tiempo que Laura administraba la primera dosis a su marido), habían disparado al presidente John F. Kennedy. Kennedy fue declarado muerto a la 1:00 de la tarde, apenas cuatro horas antes que Huxley.

Ese mismo día, y casi a la misma hora, moría también en Oxford el escritor C. S. Lewis, autor de Las crónicas de Narnia.

La coincidencia fue tan extrema que la muerte de uno de los escritores más influyentes del siglo XX pasó casi inadvertida en la prensa mundial, engullida por la cobertura del magnicidio. (Curiosamente, esa misma tríada de fallecimientos —Kennedy, Lewis y Huxley el mismo día— inspiraría décadas después el ensayo imaginario de Peter Kreeft Between Heaven and Hell, que pone a los tres a dialogar tras la muerte).


¿Qué significó realmente aquella decisión?

Es importante separar el mito de los hechos, porque este episodio se ha repetido tantas veces en círculos psicodélicos que a veces se simplifica en exceso. Algunas precisiones necesarias:

  • No fue un suicidio ni una eutanasia en el sentido médico. Huxley estaba ya en las horas finales de una enfermedad terminal; el LSD no aceleró ni retrasó el desenlace de forma demostrable. Fue, en la interpretación de quienes lo rodeaban, un intento de cambiar la experiencia subjetiva de morir, no la biología de la muerte en sí.
  • La fuente principal de este relato es la propia Laura Huxley, en su libro de 1968 y en la carta a Julian Huxley (hermano) (parcialmente recogida después en la antología Moksha, 1977, con introducciones del propio Albert Hofmann y del químico Alexander Shulgin). No existe un registro médico independiente que documente el «estado de conciencia» de Huxley durante esas horas; lo que tenemos es el testimonio, profundamente conmovedor pero subjetivo, de su esposa y de quienes estaban en la habitación.
  • No fue una improvisación de última hora. Todo el episodio encaja con una filosofía que Huxley llevaba articulando desde hacía una década: la idea, explorada en Las puertas de la percepción y llevada a la ficción en La isla, de que ciertos estados de conciencia ampliada podían ayudar a los seres humanos a enfrentar con más entereza los umbrales más difíciles de la existencia, y en particular la muerte.

El eco de aquella tarde

Décadas más tarde, este episodio dejó de ser solo una anécdota biográfica curiosa para convertirse en un antecedente citado por la investigación científica seria. Los ensayos clínicos actuales sobre psilocibina asistida por psicoterapia para pacientes con cáncer terminal y ansiedad ante la muerte —liderados por equipos como el de Roland Griffiths en Johns Hopkins— señalan explícitamente esta idea: que la angustia existencial frente a la muerte puede, en determinadas condiciones controladas, aliviarse mediante estados de conciencia inducidos por psicodélicos. Laura Huxley, en aquella misma carta a Julian, se hacía casi la misma pregunta que hoy sigue esa ciencia:

«¿Su forma de morir es para recordarnos la nuestra, para nuestro propio alivio y consuelo, o deberían otros beneficiarse también de ella?» — Laura Huxley

Unos años antes de morir, en una de sus últimas reflexiones públicas recogidas en Moksha, el propio Huxley había resumido, con la ironía lúcida que lo caracterizaba, toda una vida dedicada a pensar en la condición humana:

«Resulta un poco embarazoso haberme ocupado del problema humano durante toda mi vida y descubrir, al final, que no tengo más consejo que ofrecer que: ‘Intenta ser un poco más amable’.» Aldous Huxley

Quizás esa frase, tan sencilla frente a la magnitud de su obra, es la mejor puerta de entrada para entender cómo quiso cerrar la suya: no con miedo, sino con la misma curiosidad serena con la que había mirado toda su vida hacia lo desconocido.


Este artículo se basa en el testimonio de Laura Huxley (This Timeless Moment, 1968, y su carta a Julian Huxley), fuentes biográficas y hemerográficas contemporáneas. .

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