La teoría del «mono drogado»

La teoría del «mono drogado»: la hipótesis más audaz (y más discutida) de Terence McKenna

Introducción

Si hay una idea que resume el espíritu de Terence McKenna —etnobotánico, filósofo y psiconauta que ya conocimos en nuestro artículo sobre frases célebres relacionadas con los psicodélicos— es la llamada «teoría del mono drogado» (Stoned Ape Theory). Es, probablemente, la hipótesis más ambiciosa jamás planteada sobre el origen de la mente humana: la idea de que no fuimos nosotros quienes descubrimos los hongos psicodélicos, sino que, en cierto sentido, fueron ellos los que nos hicieron humanos. Vamos a explicarla con el detalle que merece, y también con la misma honestidad crítica con la que hemos tratado cada tema en esta web: esto es una hipótesis filosófica y especulativa, no una teoría científica aceptada, y conviene entender exactamente por qué.

 


La hipótesis, explicada

Terence McKenna presentó esta idea a finales de los años 80 y la desarrolló por escrito en su libro El manjar de los dioses: Una historia de las plantas, las drogas y la evolución humana. (Food of the Gods, 1992), subtitulado de forma muy elocuente: «La búsqueda del árbol original del conocimiento: una historia radical de las plantas, las drogas y la evolución humana».

La propuesta, resumida: hace aproximadamente 100.000 años, cuando el clima del este de África se volvió más árido y las selvas dieron paso a sabanas, nuestros ancestros homínidos —en la transición del Homo erectus al Homo sapiens— se vieron obligados a cambiar de dieta. Entre los nuevos alimentos que empezaron a probar, según McKenna, estaba el hongo Psilocybe cubensis, que crece de forma natural en el estiércol del ganado que estos homínidos ya seguían y cazaba. McKenna sostenía que la exposición continuada a la psilocibina actuó como un auténtico catalizador evolutivo, acelerando de forma decisiva el desarrollo cognitivo que llevaría, finalmente, a la aparición del Homo sapiens.

 

El mecanismo propuesto

McKenna no se quedó en una afirmación vaga; propuso un mecanismo dosis-dependiente, apoyándose en la investigación real (aunque de alcance limitado) del psicofarmacólogo Roland Fischer, de los años 60 y 70, sobre los efectos de la psilocibina en distintas cantidades:

  • A dosis bajas, la psilocibina aumentaría la agudeza visual, lo que habría dado una ventaja real y medible a la hora de cazar.
  • A dosis moderadas, estimularía la excitación sexual y el estado de alerta, lo que favorecería el éxito reproductivo.
  • A dosis altas, produciría los estados alterados de conciencia asociados con las experiencias místicas: disolución del ego, aparición de glosolalia (emisión de sonidos sin sentido semántico aparente) y, según la hipótesis, el germen de un lenguaje simbólico más complejo.

Según McKenna, esa presión selectiva —el hongo confería ventajas reales de supervivencia y reproducción a quienes lo consumían— habría acelerado la selección natural hacia cerebros más grandes y capaces, y sentado las bases del lenguaje, el arte, la religión y, en última instancia, de la propia autoconciencia humana. También ligó esta idea a una teoría sobre el origen del lenguaje: que este habría surgido, en parte, como una forma de comunicar deseos y necesidades sin recurrir a la violencia física, gracias al efecto «pacificador» que McKenna atribuía a la psilocibina en contextos sociales.

Un nombre que ni siquiera le gustaba a su autor

Un detalle curioso: ni Terence McKenna ni su hermano Dennis (también etnobotánico, y coautor de varias de sus primeras investigaciones) usaron nunca el término «stoned ape» para referirse a esta idea. Fue una etiqueta popularizada por terceros que, según Dennis McKenna, simplificaba y trivializaba el planteamiento original. Aun así, el nombre se quedó, y hoy es prácticamente imposible encontrar la teoría citada de otra forma.

Grand Theories, Feeble Foundations


Por qué la comunidad científica la rechaza

Aquí es donde toca ser rigurosos, porque esta hipótesis lleva más de tres décadas circulando y nunca ha sido aceptada por la ciencia evolutiva o antropológica, ni siquiera como hipótesis de trabajo seria. Las razones son varias y bastante sólidas:

  • No existe ninguna evidencia arqueológica directa que vincule a los homínidos de hace 100.000 años con el consumo de Psilocybe cubensis. La arqueóloga Elisa Guerra-Doce —la misma investigadora, por cierto, que estudió el panel de Selva Pascuala que mencionamos en nuestro artículo sobre la historia de los enteógenos— ha señalado explícitamente esta falta de respaldo material y antropológico.
  • El propio Michael Pollan, uno de los divulgadores que más ha contribuido a normalizar la investigación psicodélica seria (y que aparecía también en nuestro artículo sobre la revolución psiquiátrica del MDMA y la psilocibina), calificó Food of the Gods como «la máxima expresión de la especulación micocéntrica», señalando que su premisa de partida ni siquiera es susceptible de ser probada o refutada científicamente —lo que, en la práctica, la sitúa fuera del método científico desde el principio, no solo sin evidencia a su favor—.
  • El salto lógico entre «efecto agudo» y «cambio genético heredable» nunca queda resuelto: que la psilocibina module la percepción o el estado de ánimo de un individuo durante unas horas no implica ningún mecanismo por el que eso se traduzca en una selección genética real de cerebros más grandes a lo largo de generaciones. Es la distancia, muy real en biología evolutiva, entre un efecto farmacológico puntual y una presión selectiva sostenida.
  • El argumento de la «especie única»: si el consumo de hongos psilocibios por parte de mamíferos que siguen manadas de herbívoros fuera realmente tan común como sugiere la teoría (y hay evidencia de que otros animales sí ingieren hongos y plantas psicoactivas de forma incidental), cabría preguntarse por qué ningún otro primate o mamífero desarrolló una expansión cognitiva comparable a partir de una exposición similar.
  • La cronología es discutida incluso dentro de la propia hipótesis: el propio Dennis McKenna ha situado el inicio del proceso hasta dos millones de años atrás en algunas entrevistas, mientras que el libro original de 1992 habla de 100.000 años, lo cual introduce una inconsistencia temporal que dificulta contrastarla con los datos reales sobre el crecimiento del volumen craneal de los homínidos —un proceso que la ciencia evolutiva sitúa, además, con causas mucho más estudiadas y respaldadas: el uso de herramientas, la cocción de alimentos, cambios en la dieta rica en proteínas, o la complejidad social y del lenguaje sin necesidad de un catalizador químico externo—.

Hay incluso un dato más incómodo que rara vez se menciona en los resúmenes entusiastas de esta teoría: en algunas entrevistas de finales de los 90 recogidas por críticos de su obra, el propio McKenna llegó a admitir, con el tono provocador que lo caracterizaba, que parte de su intención al escribir Food of the Gods era plantear una especie de «propaganda consciente» para sembrar dudas sobre el paradigma occidental dominante, describiendo el libro como un «caballo de Troya intelectual». Conviene tomar esa cita con cautela —proviene de transcripciones de charlas informales, no de una fuente académica primaria—, pero encaja con lo que McKenna fue siempre: más un provocador filosófico y un narrador de mitos modernos que un científico proponiendo una hipótesis verificable.


Por qué, aun así, sigue siendo una idea que no termina de desaparecer

A pesar de todo lo anterior, la teoría del mono drogado sigue teniendo defensores, y no solo en foros marginales. El micólogo Paul Stamets —una de las figuras más respetadas en divulgación sobre hongos— ha reivindicado públicamente la idea en varias entrevistas (incluida su conocida aparición en el podcast de Joe Rogan), señalando que la duplicación del tamaño del cerebro humano en un periodo relativamente corto de la evolución sigue sin tener una explicación completamente satisfactoria en los modelos evolutivos convencionales, y que la hipótesis, aunque especulativa, plantea preguntas legítimas que merece la pena seguir explorando.

Además, parte de lo que McKenna intuyó sin poder demostrarlo entonces sí ha encontrado, décadas después, cierto respaldo indirecto en la investigación científica seria y actual sobre psilocibina: estudios del Imperial College de Londres han mostrado que dosis bajas o moderadas de psilocibina pueden mejorar el pensamiento divergente y la resolución de problemas complejos, y otros trabajos clínicos documentan aumentos de empatía y de comunicación social tras experiencias con psicodélicos. Nada de esto demuestra la teoría —insistimos: un efecto agudo y reversible en un adulto del siglo XXI no prueba una presión de selección genética hace 100.000 años—, pero explica por qué la idea sigue resultando tan sugerente incluso para personas ajenas al ámbito más contracultural.


Nuestra valoración

Como ya hicimos con la cita de Hipócrates o con algunas de las frases más citadas del mundo psicodélico, aquí toca aplicar el mismo criterio: que una idea sea inspiradora, sugerente y hasta hermosa de contar no la convierte en un hecho verificado. La teoría del mono drogado es, ante todo, un mito filosófico contemporáneo, construido por uno de los grandes narradores de la cultura psicodélica del siglo XX, con una intención declarada de cuestionar el relato dominante sobre los orígenes humanos más que de proponer un mecanismo biológico sometido a prueba. Eso no le resta interés como pieza de pensamiento filosófico y juzgar su obra con el mismo rasero que a un paper de antropología evolutiva estaría fuera de lugar.

 

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