Ella repartió los hongos en pequeñas tacitas de té, con una sonrisa enigmática. “Esta es tu dosis”, dijo al dejarla entre mis manos. Dentro del bonito recipiente de porcelana, lleno hasta casi el borde, contemplé entre 20 y 22g de escleroncios de psilocybes tampanensis.
Siempre he sido algo temerosa de los enteógenos, aunque cabe decir que a través del conocimiento y la experiencia, el temor ha ido con el tiempo siendo substituido por una enorme sensación de fascinación. Aun así, la propuesta suponía una dosis considerablemente alta para una segunda experiencia con estos hongos, como era el caso. En mi recelo discernía claramente el miedo a perder el control; a que las partes más oscuras de mí, encerradas y ocultas en el día a día en las profundas salas de mi mundo inconsciente, pudieran escabullirse por aquellas puertas de mi psique que los niños, juguetones, entreabrieran para curiosear; a que mis demonios, rotas sus cadenas, emergieran triunfantes a la superficie para reclamar su soberanía. “No temes a las setas, te temes a ti misma”, me dije con divertida complicidad.
Para el momento en que agarré la taza, mi miedo había sido substituido por la fe, la determinación y una enorme emoción. No recuerdo con exactitud las palabras que les susurré entonces a los hongos, pero sí que les pedí amabilidad y un viaje agradable. También que, de poder pedir dirigir la experiencia hacia algún sitio de mi preferencia, lo hicieran hacia profundizar en mi práctica de brujería. Es gracioso cómo en cierto modo cumplieron mis peticiones, y cómo en cierto modo también las tomaron con picardía para hacer completamente lo contrario con brutal honestidad.
En fin, el enteógeno siempre sabe lo que se hace.
Tras picar, masticar bien y tragar las trufas, nos dispusimos a hablar tranquilamente mientras esperábamos los primeros efectos.
Primeros efectos
La espera se me hizo breve; en apenas 20 minutos, comencé a sentir una leve ansiedad en el estómago y una sensación de extrañeza que anunciaba que los cambios en mi interior comenzaban a producirse. Fui al baño y me miré en el espejo. Las pupilas no mostraban nada inusual. Tras encogerme de hombros y adjudicar la sensación a los nervios, hice pis y la sensación de extrañeza se magnificó mientras miraba las baldosas de la pared. Al terminar y mirarme de nuevo en el espejo antes de salir, noté un muy perceptible cambio: mis pupilas ocupaban el doble que apenas un minuto atrás. Al regresar, me senté cómodamente en el colchón del suelo y miré las viejas paredes de piedra de la habitación, iluminadas sólo por la titilante luz de unas pocas velas. Me dio la sensación de que el ambiente me sugería estar en el interior de una cueva, una de aquellas en las que nuestros remotos antepasados habrían trazado dibujos con hollín, grasa y ocre rojo. “Las piedras parecen tristes”, dijo mi compañero. “A lo mejor no están tristes”, repuse; “a lo mejor sólo están cansadas, porque son muy viejitas”. Y este pensamiento caló en mí con una inusitada convicción, seguida por un solemne silencio interno.
Supe que el viaje estaba comenzando.

Entre risas y sensaciones ligeramente distintas a mi estado habitual, me sentía completamente en el presente, en aquél acogedor espacio y momento. Poco a poco comenzaron las alteraciones visuales. Los rostros de mis compañeros se volvían más afilados, sus narices, orejas y barbilla más agudas, y sus ojos más redondos y negros. Mi amigo parecía a ratos un diablillo de ojos como pozos, mi amiga una hermosa mujer egipcia. A mi otra compañera no la alcanzaba a ver, pero cada vez que hablaba, me parecía fascinante.
Yo no acababa de saber qué decir. Cualquier cosa en mi boca me parecía estúpida y mi voz sonaba extraña.
Pronto me di cuenta de que había muchas vocecillas en mi mente, como de pequeños diablillos, que me desmotivaban y ponían en duda todo aquello que quería decir. Los identifiqué como las voces de mis inseguridades. Habiendo comenzado el viaje en un estado de gran paz y amor para conmigo, esperaba inocentemente no encontrármelos (en el trip pasado, pese a estar nerviosa y temerosa, no habían aparecido, y eso me daba confianza en que en este todo iba a ser tranquilo y agradable. ¡Buena suerte con ello, habiendo tomado más del doble de dosis!).
Los observé y desestimé con moderada facilidad; mis demonios se presentaban maliciosos pero pequeños, pudiendo tan solo susurrarme tonterías en el oído. No duraron demasiado. “¿Será este el techo de intensidad de los efectos?”, me pregunté con curiosidad al rato. Desde luego, ni de lejos. Tras un tiempo muy agradable, mis compañeros se tumbaron para sumergirse en sus mundos internos. Dándome un momento para asimilar la idea de sumergirme en dónde fuera que el viaje me llevara, finalmente me tumbé, me tapé y cerré los ojos.
Sobre un fondo negro, se desplegaba ante mí un hermoso caleidoscopio de colores verde neón, fucsia y azul marino. Me sugería la idea de una jungla nocturna, aunque no hubiera nada concreto que lo representara. Lo miré embelesada por su belleza.
Sin embargo, en un momento, me fijé en que en las formas del caleidoscopio parecían haber pequeños rostros espectrales, casi como pequeñas calaveras. Luego también las líneas se tornaron pequeños huesecillos. “Curioso”, pensé.
Una imagen cruzó por mi mente: el cuerpo sin vida de un pajarillo muerto que habíamos encontrado aquella mañana, y que habíamos dejado al pie de un rosal. Toda mi atención se sumergió en aquél pájaro que frente a mis ojos comenzó a descomponerse rápidamente, liberando jugos que penetraban en la tierra, descubriendo sus huesos manchados entre jirones de piel oscura.
Más imágenes: el túmulo del dolmen que habíamos visto aquél mismo día también, y las dos águilas que lo habían sobrevolado. Las águilas también comenzaron a descomponerse. Mi perra anciana apareció ante mis ojos, también para descomponerse. Comencé a asustarme. El miedo al mal viaje despertaba mi sensación de alerta. Volví sin buscarlo al pájaro y a sus jugos penetrando en la tierra oscura, y poco a poco fui hundiéndome en ella, descendiendo a sus profundidades a la vez que lo hacía la putrefacción lixiviada del ave. Como arenas movedizas, o más bien como el barro de las ciénagas en las que se hundía a los sacrificados en la antigüedad pagana, contra más me agitaba intentando quitarme aquello de encima, más me hundía. Cada vez más abajo, más oscuro, más podrido. Sintiendo la presión de la tierra sobre mí, la respiración oprimida, muerta.
Cada inhalación me costaba como si tuviera una losa encima, como si tuviera que hacer el esfuerzo constante de recordar respirar y no fuera a hacerlo más si lo olvidaba. Porque ahí abajo, los muertos no respiran. Porque si dejara de respirar, dejaría de ser una visitante para habitar para siempre allí. Y ahí me di cuenta de a dónde me dirigiría el aliado aquella noche: a mi primer miedo desde que tengo memoria, el miedo la muerte.
Conforme me daba cuenta de adónde me estaba encaminando, más me asustaba y más oscuro se tornaba el camino, retroalimentado por el miedo a ver algo peor. Contra más temía, más horrible se volvían las visiones, más me hundía, abajo y abajo, más negra y muerta me parecía mi respiración.

Aquél que haya experimentado con psicodélicos, sabrá que las sensaciones que se perciben con ellos no pueden ser reflejadas más que como fantasmas pálidos e insulsos en palabras una vez se regresa al estado de consciencia habitual. Así es, y de ningún modo podría describir ahora lo que resultaba estar sumergida entonces en ese lugar. Estar en él con todos mis sentidos, ensalzados más aún por cierta sinestesia entre ellos, y con toda mi consciencia.
Caleidoscopios de huesos y putrefacción, lixiviados de muerte, aguas, muchas aguas pantanosas, oscuras, turbias y podridas. Los colores de las imágenes ya no eran vivos neones, sino marrones y negros pútridos. Frente a tal visión, que contemplaba horrorizada, me planteaba: ¿Y si la muerte es esto? ¿Y si no hay nada más que putrefacción y muerte, y morir es estar sumergido en un viaje así por el resto de la eternidad? Cada vez que temía poder dar un paso más abajo, lo daba. Cuando pensaba que no podía tornarse más oscuro y encontraba algo de serenidad en la aceptación de la experiencia, me sorprendía con una vuelta de tuerca más. Si hallaba algo de sosiego en el negro, como un color de descanso final pese al horror, dejaba de ser negro y todo se volvía de un marrón purulento aún más desagradable. Si intentaba integrar el proceso de descomposición natural que estaba viendo como algo inevitable y no inherentemente malo, mis visiones dejaban de mostrarme la putrefacción natural para envolverme en una infinidad de tuberías de alcantarillas superpuestas, como un distópico laberinto del subsuelo urbano, vomitando mares de aguas marrones infectas. El mensaje era ver lo más horrible y desagradable que pudiera ver. Mi involuntaria misión era a dar siempre un paso más allá del horror que pudiera soportar. A la opresión en el pecho se sumaron unas terribles náuseas y sensación de corrupción, de estar repleta por dentro o directamente formar parte de aquella suciedad. Sentía que mi cuerpo pedía vomitar para intentar expulsar aquel horror, además de por lo indigestos que son los hongos. Retuve las ganas, porque pese al miedo, aún algo de mí podía con ello y recordaba remotamente que tan sólo era un viaje pasajero. Me debatía entre si debía purgar o sólo contemplar aquello. Una parte de mi escuchó un instante la música que sonaba en la habitación, aquella habitación que ahora me parecía tan lejana. La voz de una mujer cantaba sobre “sanar” envuelta en sonido de agua y cantos de aves. En mi plano, las aguas eran torrentes putrefactos y los pájaros estaban muertos, en descomposición. Pese al miedo, esta incoherencia aún se me hizo remota y sarcásticamente graciosa. Tengo vacíos en mis recuerdos. No recuerdo cuánto rato estuve así, pero sí que abrí los ojos un par de veces y al sentir que aún quedaba por ver, volvía a cerrarlos y sumergirme. Recuerdo cavilar sobre en qué mundo volvería a parecerme buena idea tomar enteógenos de nuevo para exponerme a aquella pesadilla.
Recuerdo pensar que había sido sencillo en mi práctica como bruja ver la muerte desde el romanticismo de que es necesaria para la vida, desde su belleza y la ruptura del tabú social, pero no tanto desde la transgresión del tabú propio. Sentía que había jugado mucho con esta idea y me había sentido en una falsa confianza, pero que realmente no sabía lo que era la muerte cruda y desnuda. Y este viaje me lo iba a mostrar. A mi mente venían ideas de fragmentos de un libro de Lee Morgan, cobrando una nueva dimensión:
La profundidad de tu práctica está en la tumba, y tus misterios manifiestos en este mundo son meramente la flor que crece de ello. Recuerdos y carne han tenido que pudrirse para que tú puedas poner tus manos sobre las historias que estás viviendo. […] No será hasta que sientas cómo los muertos te están alimentando en este preciso instante que podrás realmente conseguir todo lo que podrías de la brujería. Hasta que sientas a los muertos en tus entrañas con tanta fuerza que para alzar a los espíritus sólo necesites beber agua siendo consciente de sus tantas bocas; hasta que comas el primer bocado de cada comida por ellos, con ellos, no habrás practicado verdaderamente la necromancia o conocido en su total magnitud lo que una iniciación puede significar. […] Las historias de este mundo en el que estamos van de cubrir los hematomas y la lividez post-mortem con cosméticos, van de esconder la evidencia del gusano conquistador. Todo lo que refiera a la negrura del Inframundo se oculta de la vista. […] Queremos que a nuestros muertos se les saquen todos los fluidos y que sus agujeros se taponen para que no puedan reunirse con el Inframundo a borbotones. Hacemos todo lo que podemos para resistir el proceso de la Muerte y a eso lo llamamos dignidad.
No hay vida aquí
Una parte de mi recordaba que en los viajes psicodélicos frecuentemente se experimenta la propia muerte para posteriormente renacer u obtener algún tipo de iluminación. ¿Quizá ahora sucederá algo así?, pensaba con poca fe. Sentía que para ello debía tocar fondo… y por desagradable que fuera, sabía que debajo de eso aún había mucho más. Un abismo más. Si al pensar en ello veía surgir algún tipo de vida en aquél inframundo, como una pequeña flor, pronto la putrefacción la abortaba, la volvía a reabsorber. No hay vida aquí. Todo es muerte, la muerte reina y algún día te devorará a ti y a toda la vida para siempre. En cierto momento, oí removerse a mis amigos y abrí los ojos. Se levantaban para mirar su reflejo en las oscuras aguas de un caldero que habíamos dispuesto iluminado sólo por la leve luz de las velas. Mi compañera me animó a levantarme. Con los ojos abiertos, el abismo desapareció. Sentía que apenas podría mantener el equilibrio, y me apoyé en las “piedras viejitas” de la pared. Les dejé hacer; yo ya había visto suficientes aguas oscuras por aquella noche.
Tras eso, el viaje cambió notablemente.
La psilocibina llegaba a su punto álgido y yo me sentía en otro universo, aunque a nivel perceptivo la habitación fuera (más o menos) la misma. Los malos sentimientos se disiparon. Pensé en ir al baño, porque como decía mi amiga, “después de cada vez que se va al baño, el viaje cambia”, y porque aunque no era capaz de identificar si sentía ganas de ir, una parte remota de mi organismo me decía que lo mismo sí.
En mi cabeza fui al menos diez veces al baño como en una sucesión de falsos despertares, sin saber si había ido de verdad o no. Como si la línea temporal se hubiera trastocado. ¿Estaba yendo al baño en el pasado, en el futuro, en el presente? ¿En quince realidades paralelas? En alguna de ellas logré ir en este plano físico, por lo visto, aunque el tambaleante viaje por el pasillo, que me parecía de nuevo una jungla oscura (pero no malrollera) y recordar cómo orinar se me hicieron una tarea de notable dificultad.
Cuando logré volver me parecía que hubiera vuelto de una expedición de dos semanas, pero el embrollo me pareció gracioso y me sentía en total calma. En aquél momento, se me hacía absurda mi fijación habitual con el vuelo del espíritu. ¿Cómo podía haberme formado unas nociones tan firmes de lo que debía ser esa experiencia con tan poca evidencia, con tan poca consciencia del infinito universo que hay más allá de nuestra consciencia ordinaria? ¿Cómo podía encerrar de forma tan terrenal y limitada la experiencia de lo infinito?
Agité el brazo como si fuera un ala, me hacía gracia.
Me apoyé en el sofá sentada en el colchón del suelo a escuchar hablar a mis amigos. Todo lo que decían me volaba la cabeza de fascinación, y yo no podía articular más que “Uaaaaaahs” y “Haaaaalaas”. Bastante lío tenía yo ya en la sesera como para intentar explicarlo con palabras humanas.
Da igual. Todo está bien
Todo estaba bien. Todo en la vida, en general. Todo daba igual.
Qué manía la de preocuparse por tonterías, y qué manía la de preocuparse por cosas importantes. ¿Qué más da? Las cosas son como son. Todo es mucho menos importante de lo que nos creemos, somos mucho menos importantes de lo que nos creemos. Y a la vez, mucho más de lo que nos valoramos. Qué paz quitarme el peso de la responsabilidad de preocuparme, qué serenidad verlo tan claro. Sin entender por qué mi yo habitual y el resto de la gente se hacen una montaña de un grano de arena para cuajar en un sistema absurdo, y sin querer entenderlo, porque total, es que da igual. No un “da igual” rancio y nihilista, un “da igual” de que de verdad da lo mismo y está todo bien. Que todo es mucho más amplio de lo que creemos y todas nuestras preocupaciones parten de sesgos que no reflejan ni una pequeña porción de la verdadera realidad.
Qué ganas simplemente de poner una mueca graciosa de incertidumbre, como un niño, y encogerme de hombros frente a la vida.
Hablamos (bueno, hablaron, y yo escuché porque no entendía ni para qué intentar hablar), de temas interesantísimos. De que quizá la muerte sea un viaje psicodélico eterno, y los sueños el ensayo para la gran función final, absorbiéndote cada vez un poco más hasta que de uno de ellos, no despiertes.
Me pareció lógico.
Yo había soñado muchas veces que me moría, recordé, como si mi mente quisiera ayudarme a hacerme a la idea de cómo será cuando suceda y no me pille tan de nuevo.
De vez en cuando, me parecía que el colchón del suelo se separaba del sofá y el hueco que se formaba era una brecha a inhóspitas profundidades, pero no acababa de entender si de verdad se movía en la realidad tangible cada vez que lo colocábamos bien o era otra distorsión espacio-temporal como mi aventura para ir al baño. Mi amigo dibujó un lobo y yo casi sentía que me caía dentro del dibujo al observarlo, viendo infinitas cosas más que aquél tembloroso trazo, como si se tratara de una ventana que pudiera atravesar al universo del dibujo. ¡Cuantísimas cosas bonitas decía aquél lobo! Podría haberlo mirado horas.
Quisimos dibujar también las demás. Nunca, desde que tengo memoria, me había sentido tantísimo como un niño, sólo queriendo explorar el trazo del rotulador en el papel, probando otro color, otras formas. ¿De mi técnica como artista profesional? ¡Ni acordarme! Nunca me había dado tan igual representar nada. ¡No quería representar nada! Solo notar el garabateo, sorprenderme y fascinarme mientras mi mente se llenaba de revelaciones acerca de la importancia (o no) de las cosas, y mientras escuchaba hablar a mis amigas de la simbología y el lenguaje. De árboles que enraízan el mundo, arcadas de piedra y helechos.

Me encantó dibujar, y dibujé lo que luego me parecieron serpientes, como aquellas líneas en zigzag que había contemplado en pinturas rupestres. Me pareció que me remontaba a los orígenes desnudos de la humanidad, a su libre y cruda infancia. A las visiones primigenias que muchos psiconautas vemos, coincidiendo inexplicablemente, aún a día de hoy.
¿Cuántas pruebas más necesitas?
Luego tuvimos otra fascinante conversación acerca de cómo nos aferramos a buscar y pedir pruebas físicas de la existencia de otros planos, espíritus y realidades. En ese instante me di cuenta de cómo mi mente está apresada en el sistema y en sus propios demonios cuando busca con tanto desasosiego ver algo que en realidad está a plena vista. Cómo no lo puede ver entonces aunque lo haya visto tantas veces antes, cómo contra más desesperadamente lo persigue, más se escurre entre los dedos.
Entendí que se escurre porque se tiene el foco en lo que no es: en buscar encajonar lo numinoso en un cajón absurdo y diminuto, querer hacerlo jugar con las reglas del paradigma de nuestra sociedad y así quedarnos tranquilos sin tener que romper los cimientos que nos han construido como personas funcionales y que tomamos como identitarios; para tener certeza, para tener agarrado lo intangible en nuestro puño cerrado.
En ese momento y estado, me pareció absolutamente evidente que existimos en un profundo entramado de realidades intangibles y sentí sin buscarlo una convicción absoluta. ¿Cómo no sentirla, estando en ese mismo instante en un plano tan distinto a mi realidad habitual?
Me prometí recordar este momento cuando la rutina volviera a reabsorberme en la duda de lo vivido. “¿Cuántas pruebas más necesitas?”
Comentamos juntos esta frase con epifánica emoción, y yo la integré dentro de mí. ¿Cuántas pruebas más necesitas?
Gracioso, porque en algún rato de la noche, la luz del baño decidió encenderse sola, sobresaltándonos a todos con la crudeza de experimentar de frente y sin previo aviso lo inexplicable. Lo hizo en dos ocasiones distintas, en una de ellas apagándose sola también. Por supuesto, en todo el tiempo que pasamos en ese apartamento, no había sucedido antes, ni volvió a suceder después. Y desde luego, por si se plantea la duda en el lector, no fue una alucinación.
Son curiosos los momentos así, las “pruebas” que tanto pedimos: derrumban la realidad que te limita, pero a la que también te aferras por la sensación de seguridad y de control que te proporciona. Son sucesos pequeños, aparentemente ordinarios (al fin y al cabo, no es nada extraño en nuestra realidad que una bombilla se encienda), pero cuyas connotaciones e impacto son enormes, ya que abren la puerta a un oscuro universo de posibilidades fuera de la estructura de nuestra realidad (¿si nadie la ha encendido, por qué se ha encendido en este preciso instante?).
Te recuerdan que no controlas ni un ápice de lo que crees, que hay un agujero que no habías visto (o no habías querido ver) en tu sistema, por el cuál se ha colado lo desconocido. Que hay, en efecto, una Otredad más inmensa de lo que jamás imaginarás, y que al ir a apagar la inexplicable luz del baño te asomarás un instante por el borde de su abismo.
No es de extrañar que nuestra mente busque tapar estas experiencias y aferrarse a la realidad controlada tan deprisa como pueda, suavizando su recuerdo, justificándolas con explicaciones racionales vagas y poniendo en duda lo vivido. Lo contrario pone en jaque una estructura enorme que le ha costado años construir.
Estoy segura de que mucho de lo experimentado en este viaje se quedó para siempre en él, o quizá en algún recóndito lugar de mi inconsciente cuya puerta se cerró de nuevo al terminar este breve carnaval etéreo, este tiempo de desorden y desgobierno liminal fuera de la realidad habitual.
Siempre acepto con abatimiento que la mayor parte de lo vivido en una situación de expansión de consciencia y comunión espiritual tan grande no puede ser trasladado al plano ordinario.
Sencillamente, hay cosas que pertenecen al Otro Lado, que vivimos y disfrutamos cuando viajamos a él y nos transmutamos en él, pero que no podrán cruzar al regresar. Nos quedarán sensaciones, emociones, recuerdos pálidos pero que atesoraremos y que podrán darnos fuerza cuando la rutina vuelva a intentar devorarnos.
Y aunque no lo parezca, la persona que fuimos durante el viaje, aquella que sabía que es parte la inmensa Otredad, seguirá estando en algún lugar recóndito de nosotros. Sólo tenemos que volverla a encontrar. Cuando las visiones fueron deshaciéndose como fantasmas, cuando cerré los ojos una última vez, sentí una punzada de tristeza al ver tranquila, negra y muda la cara interna de mis párpados. Como si la cabalgata nocturna hubiera seguido su camino y yo me hubiera quedado atrás, quieta en la noche silenciosa.
Cualquiera diría que, en mi experiencia, viví al menos durante un rato lo que suele llamarse un “mal viaje”. No puedo estar más en desacuerdo.
Soy incapaz de considerar lo vivido de otra forma que no sea un valiosísimo regalo. Sí, fue desagradable. Pasé miedo, angustia y horror. Pero no todas las lecciones se aprenden a base de emociones complacientes, porque no son esas las que te sacan de la zona de confort.
Aquél que quiera salir más allá del cerco, deberá enfrentarse a sus espinas. Y no hay emociones inherentemente malas. Toda emoción tiene simplemente una función que podremos utilizar para bien o para mal. Aquello que sentí en el viaje que amenazaba mi camino en la brujería, enfrentándome a una realidad de la misma que me horrorizó y que pensé que no podría soportar (¿y si esto no es para mí?), me ha hecho después del impacto inicial valorar la experiencia como una profunda gnosis y me ha reafirmado enormemente en la convicción de transitar este sendero.
¿Qué puedo decir? Creo que no es ni la primera ni la última vez que una experiencia así me resulta iniciática en este camino. De mi incredulidad ante la posibilidad de volver a tomar dosis altas de enteógenos que sentí en el peor momento, ni me acuerdo.
Aún antes de haber terminado el viaje yo ya sabía con pícara emoción que «ho tornarem a fer» (Lo volveremos a hacer).
De hecho, he de confesar que una vez trepado el pozo, en la seguridad de mi consciencia habitual, no puedo dejar de preguntarme con morbosa curiosidad qué había más allá, cuán más abajo podría haber explorado. Estoy segura de que mucho, mucho más.
No puedo dejar de preguntarme con morbosa curiosidad qué había más allá, cuán más abajo podría haber explorado. Estoy segura de que mucho, mucho más.
Metzinera
2 comentarios en «Experiencia con Psylocibes tampanensis»
Ustedes venden tampenesis?
Ahora mismo lo tenemos desactivado, esperamos tenerlas activas en breve de nuevo!