La dietilamida del ácido lisérgico, más conocida como LSD, es famosa principalmente por sus efectos alucinógenos. Sin embargo, una investigación reciente publicada en la revista Heliyon sugiere que el LSD también podría modular la forma en que el cerebro procesa el dolor. El estudio revela que el LSD puede alterar la red neuronal del dolor en el cerebro, ofreciendo nuevas pistas que podrían influir en futuras investigaciones en ciencia cognitiva y farmacología.
El LSD es un potente psicodélico que ha intrigado a los científicos durante décadas, principalmente por sus profundos efectos sobre la conciencia humana. A pesar de su historia controvertida —especialmente su papel en los movimientos contraculturales de los años 60 y las posteriores prohibiciones legales— el LSD ha resurgido recientemente en la investigación científica. Este renovado interés se debe en gran parte al creciente enfoque en el potencial terapéutico de los psicodélicos, especialmente en el tratamiento de trastornos de salud mental y dolor crónico.
Estudios previos han demostrado que psicodélicos como el LSD pueden tener efectos terapéuticos, incluido el alivio del dolor. Sin embargo, los mecanismos precisos mediante los cuales el LSD afecta a las redes cerebrales relacionadas con el dolor no estaban bien comprendidos. Los investigadores se propusieron cubrir esta laguna analizando cómo el LSD influye en la red neuronal del dolor, que incluye regiones cerebrales clave en la percepción, procesamiento y respuesta al dolor.
“Investigar cómo el LSD altera la percepción del dolor podría aportar información sobre el mecanismo de acción de la sustancia y sus posibles aplicaciones terapéuticas”, explicó el autor del estudio, Hamid Sharini, de la Universidad de Ciencias Médicas de Kermanshah. Esto, a su vez, “podría conducir al desarrollo de nuevas estrategias para el manejo del dolor, potencialmente más eficaces”.
El estudio contó con la participación de 20 adultos, cuidadosamente seleccionados para asegurar que no presentaban antecedentes de enfermedades psiquiátricas, abuso de sustancias ni afecciones médicas relevantes. Además, se excluyó a quienes tenían experiencia previa con psicodélicos, para garantizar que los efectos observados se debieran al LSD y no a experiencias anteriores.
Cada participante realizó dos sesiones, separadas por al menos dos semanas para permitir que cualquier efecto residual desapareciera. En una sesión se administró un placebo, y en la otra una dosis controlada de LSD. Los participantes no sabían en qué sesión recibían LSD o placebo, evitando así que sus expectativas influyeran en los resultados.
Durante ambas sesiones, se realizaron escáneres mediante resonancia magnética funcional (fMRI), una técnica que mide la actividad cerebral detectando cambios en el flujo sanguíneo. Las mediciones se realizaron en momentos específicos tras la administración, con el objetivo de capturar los efectos máximos del LSD.
Los investigadores utilizaron métodos avanzados de análisis de datos, como el análisis de amplitud de fluctuaciones de baja frecuencia (ALFF) y el análisis de componentes independientes (ICA), para examinar la actividad y conectividad cerebral. Estas técnicas permitieron estudiar tanto la actividad regional como la interacción entre distintas áreas del cerebro.
Los resultados mostraron diferencias significativas en la forma en que el cerebro procesaba el dolor bajo los efectos del LSD en comparación con el placebo. El análisis ALFF indicó que regiones asociadas al dolor, como el córtex cingulado anterior (ACC) y el tálamo, mostraban una actividad reducida durante la sesión con LSD. En cambio, en la sesión con placebo estas regiones estaban más activas, lo que sugiere que el LSD podría disminuir la atención del cerebro hacia el dolor, ayudando a explicar la percepción reducida del mismo bajo psicodélicos.
Además, el análisis ICA reveló cambios en los patrones de conectividad entre distintas áreas cerebrales. En concreto, el LSD parecía alterar la conectividad habitual entre regiones implicadas en los aspectos emocionales y cognitivos del dolor, al tiempo que aumentaba la conectividad en áreas relacionadas con la atención y la toma de decisiones, como el polo frontal. Este cambio podría contribuir a modificar la experiencia subjetiva del dolor, posiblemente desviando la atención de sus aspectos más desagradables.
También se observó un aumento de actividad en la ínsula, una región implicada en la percepción de estados corporales y emociones. Esto sugiere que el LSD podría intensificar la conciencia de las sensaciones internas, al mismo tiempo que modifica la forma en que se interpretan, haciendo que el dolor se perciba como menos intenso.
“El LSD afecta a las redes cerebrales relacionadas con el dolor de formas que no esperábamos, lo que podría aportar nuevas perspectivas sobre los mecanismos del dolor”, afirmó Sharini en declaraciones a PsyPost. “Se necesitan más estudios para comprender completamente los beneficios y riesgos potenciales. Es importante ser prudente: el LSD es una sustancia potente y su uso fuera de entornos de investigación controlados no está recomendado”.
Cabe señalar que el estudio se realizó únicamente con voluntarios sanos que no sufrían dolor crónico. Por tanto, no está claro cómo afectaría el LSD a personas con dolor crónico, cuyos patrones de conectividad cerebral pueden ser distintos. Se necesita más investigación para determinar si el LSD podría ser eficaz en el tratamiento del dolor crónico y cómo se compara con otras estrategias.
Además, el estudio se centró en los efectos agudos del LSD, es decir, en la actividad cerebral durante el periodo inmediato tras su administración.
“Si bien los efectos a corto plazo del LSD han sido ampliamente estudiados, nuestro conocimiento sobre sus implicaciones a largo plazo en el cerebro y en la experiencia del dolor sigue siendo limitado”, señaló Sharini. “Nuestra intención es investigar estos efectos a largo plazo”.
El estudio, titulado “Utilidad clínica de la fMRI para evaluar el efecto del LSD en las redes cerebrales relacionadas con el dolor en sujetos sanos”, fue realizado por Ayob Faramarzi, Masoomeh Fooladi, Mitra Yousef Pour, Ehsan Khodamoradi, Ava Chehreh, Sasan Amiri, Mehrdad Shavandi y Hamid Sharini.