En mayo de 2021, cuando el mundo todavía estaba saliendo de la pandemia, la prensa generalista empezó a hacerse eco de algo que en sweed.es llevamos años defendiendo: que el MDMA y la psilocibina tenían el potencial de cambiar por completo el tratamiento de la salud mental. Un artículo de El Confidencial de aquel momento recogía el entusiasmo de la época y avanzaba una fecha muy concreta: la FDA aprobaría el MDMA para el trastorno de estrés postraumático (TEPT) en 2023, y la psilocibina llegaría a las farmacias dos años después.
Estamos en 2026. Ninguna de las dos fechas se cumplió. Y sin embargo —esto es importante decirlo con la misma honestidad con la que defendemos estas sustancias— lo que ha pasado en estos cinco años no es una historia de fracaso. Es una historia bastante más interesante: la de una ciencia real, con avances genuinos, un tropiezo sonoro y muy instructivo, y un negocio que se ha estrellado en algunos sitios mientras se consolidaba en otros. Vamos a repasarla con el rigor que merece, precisamente porque creemos en esto y no nos interesa venderlo con matices de info-comercial.
Lo que sí se cumplió: la ketamina llegó primero, y en silencio
Aquel artículo de 2021 hablaba de MDMA y psilocibina como las dos grandes promesas, pero el psicodélico (en sentido amplio) que realmente cruzó la meta regulatoria antes fue uno mucho menos glamuroso: la ketamina.
La FDA ya había aprobado en marzo de 2019 la esketamina en aerosol nasal (Spravato, de Janssen/Johnson & Johnson) para la depresión resistente al tratamiento, y en 2020 amplió esa aprobación a pacientes con ideación suicida aguda. Desde el último trimestre de 2022, la AEMPS también la tiene autorizada en España. Es, a día de hoy, el único derivado psicodélico con aprobación regulatoria plena tanto en EE. UU. como en la Unión Europea.
¿Por qué no lo vemos en los titulares con la misma épica que el MDMA o los hongos? Probablemente porque la ketamina lleva usándose como anestésico desde los años 60 y no carga con el mismo estigma contracultural. Pero para cualquiera que defienda el uso terapéutico de sustancias psicoactivas, es una noticia excelente: demuestra que el camino regulatorio funciona cuando el diseño de los ensayos es sólido.
Lo que no se cumplió (y por qué merece la pena entender el motivo)
Aquí es donde toca ser especialmente rigurosos, porque el revés fue real y las comunidades pro-psicodélicas —la nuestra incluida— no ganamos nada ignorándolo.
El tropiezo del MDMA
Rick Doblin y su organización, la Asociación Multidisciplinar de Estudios Psicodélicos (MAPS), mencionados en el artículo de 2021 como los grandes impulsores del MDMA, crearon una filial con ánimo de lucro llamada MAPS PBC, rebautizada en enero de 2024 como Lykos Therapeutics, para llevar el fármaco hasta la aprobación de la FDA. Los datos de los que disponían eran, sobre el papel, extraordinarios: en los ensayos de fase 3 publicados en Nature Medicine (2021 y 2023), entre el 67% y el 71% de los pacientes con TEPT severo dejaban de cumplir los criterios diagnósticos tras la terapia asistida con MDMA. Son de los mejores resultados jamás reportados para cualquier tratamiento del TEPT, farmacológico o no.
Y aun así, el 9 de agosto de 2024, la FDA rechazó la solicitud. Un comité asesor externo había votado 9 a 2 en contra semanas antes, señalando problemas metodológicos serios: dificultades para mantener el cegamiento del ensayo (muchos participantes notaban si habían recibido MDMA real, lo que puede inflar los resultados por efecto expectativa), y sobre todo, una violación ética documentada en uno de los centros de estudio que además llevó a la retractación de tres artículos científicos relacionados. Lykos reconoció que conocía la violación y no la comunicó a la revista a tiempo, algo que la propia compañía calificó de error que lamenta.
Las consecuencias fueron duras: Lykos despidió al 75% de su plantilla, Doblin dimitió de su puesto en el consejo de la compañía (aunque siguió al frente de MAPS como organización matriz), y la empresa se rebautizó de nuevo, esta vez como Resilient Therapeutics, mientras prepara el nuevo ensayo de fase 3 que la FDA exige. A mediados de 2026 todavía no hay fecha pública de una nueva solicitud.
¿Qué nos dice esto de verdad? No que el MDMA no funcione —la evidencia de eficacia sigue siendo de las más sólidas en psiquiatría—, sino que el diseño del ensayo y la integridad del proceso importan tanto como el fármaco en sí. Es una lección incómoda pero necesaria para cualquiera que quiera ver estas terapias normalizadas: la prisa por comercializar, mencionada ya en 2021 como un riesgo por el psiquiatra Charles Grob (UCLA), tuvo consecuencias reales. Otras compañías, como Compass Pathways con la psilocibina, han rediseñado deliberadamente sus ensayos para no repetir exactamente estos mismos errores: usan controles activos de baja dosis, reclutan participantes sin experiencia previa con psicodélicos y recogen datos de durabilidad a 26 semanas, precisamente los puntos débiles que hundieron a Lykos.
El colapso de las clínicas de ketamina «boutique»
El artículo de 2021 citaba con entusiasmo a Field Trip Health, la compañía canadiense que había levantado 150 millones de dólares para abrir clínicas de ketamina de alta gama y planeaba tener 75 en todo el mundo para 2024. La realidad fue muy distinta: en marzo de 2023, Field Trip se declaró insolvente, cerró clínicas en Chicago, Washington D.C., Seattle y San Diego, y acabó vendiendo sus activos por menos de 1,5 millones de dólares —una fracción mínima de lo que había recaudado—. Ketamine Wellness Centers, otro gran operador del sector, cerró sus trece clínicas ese mismo año.
Desde dentro del propio sector, la propia vicepresidenta clínica de Field Trip lo resumió sin rodeos: «quizá la terapia con ketamina no vaya a ser un gran negocio; quizá vaya a ser clínicas comunitarias». Es un matiz importante para cualquier lector de una web como la nuestra: el entusiasmo inversor y la validez terapéutica de una sustancia son dos cosas distintas, y confundirlas —como advertía ya el propio artículo de 2021 al hablar del riesgo de anteponer el beneficio económico— tiene un coste real, tanto para las empresas como, potencialmente, para los pacientes que confiaron en modelos de negocio que resultaron insostenibles.
Lo que sí avanza, con paso más lento pero más firme
La psilocibina, camino de la aprobación
A diferencia del MDMA, la psilocibina sintética sigue su curso sin sobresaltos comparables. Compass Pathways (COMP360) y el Instituto Usona tienen ensayos de fase 3 en marcha o cerrando resultados a lo largo de 2025-2026, después de que fases anteriores mostraran mejoras clínicamente significativas en aproximadamente un 25-35% de pacientes con depresión resistente a tratamiento. Es un porcentaje menor que el del MDMA para TEPT, pero se apoya en un diseño de ensayo mucho más limpio, que es precisamente lo que le faltó a Lykos.
Los estados que no esperaron a la FDA
Mientras la aprobación federal sigue pendiente, dos estados estadounidenses abrieron su propia vía: Oregón, que en 2020 se convirtió en el primero en aprobar por referéndum (Medida 109) el acceso supervisado a psilocibina en centros con licencia estatal —hoy plenamente operativos—, y Colorado, que hizo lo propio con la Propuesta 122. Son programas terapéuticos supervisados, no venta libre, pero demuestran que el argumento de 2021 sobre la «despenalización creciente» no era solo optimismo: es una tendencia real, aunque más lenta y desigual de lo que entonces se preveía.
MAPS, después del golpe
Puede parecer que la historia de MAPS terminó con los despidos de 2024, pero no es así. En diciembre de 2025, Doblin anunció que la organización —que sigue siendo la matriz sin ánimo de lucro detrás de todo este proceso— entraba en una nueva etapa bajo dos codirectores ejecutivos, centrada en globalizar el acceso a estas terapias y formar a profesionales en regiones con menos recursos. Casi cuarenta años después de que Doblin empezara a investigar el MDMA, sigue en pie, y sigue defendiendo la causa, aunque con una estructura distinta.
Nuestra lectura:
Escribimos desde una posición clara: en sweed.es creemos que estas sustancias tienen un potencial terapéutico real y que buena parte del estigma que arrastran no se sostiene con la evidencia actual. Pero precisamente por eso creemos que la divulgación seria —la que va a durar, la que convence a quien todavía duda— no puede permitirse ignorar los tropiezos.
El caso del MDMA no es una prueba de que «el sistema esté en contra» de los psicodélicos, aunque esa lectura circule mucho en foros y redes cercanos a esta comunidad. Es una prueba de que el camino hacia la medicina basada en evidencia exige el mismo rigor metodológico que cualquier otro fármaco, por muy prometedor que sea el compuesto de base. Y el colapso de las clínicas boutique de ketamina tampoco es una prueba de que «la terapia no funcione»: es una lección sobre modelos de negocio insostenibles montados sobre una necesidad médica real.
Lo que sí ha cambiado de forma innegable en estos cinco años es el terreno de juego: la ketamina ya está aprobada y se administra en la sanidad pública española; la psilocibina avanza con datos cada vez más sólidos; dos estados de EE. UU. tienen programas legales funcionando; y una organización que empezó como un puñado de activistas hace cuarenta años sigue viva, adaptándose, después de su primer gran golpe serio. Eso no es la revolución instantánea que algunos titulares de 2021 prometían para 2023. Es algo más lento, más difícil de resumir en un titular, y —creemos— bastante más sólido a largo plazo.
Este artículo actualiza y contrasta la información de «Así es como el MDMA y la psilocibina pueden revolucionar la psiquiatría» (El Confidencial, 13/05/2021) con datos verificados hasta agosto de 2026. Fuentes: FDA, Johns Hopkins Medicine, Nature Medicine, Wikipedia (Lykos Therapeutics, Esketamina, Field Trip Health), Psychedelic Alpha, BioSpace, Lucid News y MindMedicineLaw.com.