Reflexión sobre la prohibición de plantas y hongos medicinales, plantas venenosas y de poder; Su censura y mala fama a nivel global.

No fue un malentendido.
Y desde luego no fue ingenuidad.

La prohibición no nació del desconocimiento, nació del miedo bien informado. Miedo a lo que no se puede dirigir, a lo que no se puede convertir en consigna, a lo que no se puede administrar en horarios y dosis políticas. Cuando una planta te devuelve algo que no depende de nadie más —ni del Estado, ni del médico, ni del sacerdote, ni del mercado— deja de ser una planta. Se convierte en un fallo del sistema.

Y los fallos no se toleran: se corrigen o se borran.

Primero vino la ley. Fría, torpe, binaria.
Después vino lo realmente eficaz: la mala fama.

Hablar mal. Repetir. Ridiculizar. Asociar.
Convertir siglos de relación humana con el mundo vegetal en una caricatura de locos, vagos, delincuentes o iluminados. Hacer que incluso quien había tenido una experiencia profunda aprendiera a callarse. No por vergüenza, sino por intuición: aquí no hay conversación posible.

Y funcionó. Funcionó demasiado bien.

Durante años, cualquier cosa que no encajara en el relato oficial fue empujada al margen. No hacía falta rebatirla. Bastaba con mirarla por encima del hombro. El descrédito cultural es una forma de censura elegante: no prohíbe, pero ahoga. No castiga, pero invalida.

Lo perverso es que nunca se habló en serio del fondo.
Nunca se habló de contexto.
Nunca se habló de acompañamiento.
Nunca se habló de por qué estas plantas habían sido centrales para tantas culturas sin destruirlas.

Porque la pregunta no era conveniente.

No se castigó el daño. Se castigó la desobediencia simbólica.
La idea de que alguien pudiera acceder a sentido, a revelación o a reorganización interior sin pasar por los canales autorizados resultaba intolerable. No porque fuera peligrosa, sino porque era incontrolable.

Y eso es lo que nunca se dice en voz alta:
el problema no es que alteren la conciencia,
el problema es que la devuelven a quién pertenece.

Por eso se mezcló todo. Plantas, químicos industriales, usos rituales, abuso, dependencia, tradición, callejón sin salida. Todo en el mismo saco. Todo igual de malo. Todo igual de prohibido. Cuando no distingues, no tienes que pensar. Y cuando no piensas, obedeces.

La mala prensa no fue un efecto colateral. Fue parte del diseño.
Había que romper el prestigio. Hacer que nadie respetable quisiera tocar el tema. Que incluso quien sabía algo real sintiera que no valía la pena hablar. La autocensura es más eficaz que la cárcel.

Y aun así, no lo consiguieron del todo.

Porque hay experiencias que no se olvidan.
Hay cosas que, una vez vistas, no vuelven a encajar en el molde.
Hay preguntas que ya no se pueden desoír.

Yo no hablo desde la teoría ni desde la pose. Hablo desde la certeza incómoda de haber crecido gracias a algo que se me dijo que era malo, inútil o peligroso. No porque fuera fácil. No porque fuera cómodo. Sino porque fue honesto.

La prohibición nos robó tiempo. Nos robó lenguaje. Nos robó investigación. Nos robó transmisión responsable. Y, sobre todo, nos robó la posibilidad de hablar claro sin pedir perdón.

No se trata de idealizar nada.
Se trata de dejar de mentir.

De dejar de fingir que el problema fueron las plantas, cuando lo que siempre molestó fue lo que revelan: que la conciencia no es propiedad de ninguna institución, y que el sentido no necesita permiso.

Las plantas no son santas.
Pero la prohibición tampoco lo fue.

Y quizá ha llegado el momento —no de celebrarlas— sino de desmontar el relato que las convirtió en enemigas.

Porque nunca lo fueron.

Lo que sí fueron, y siguen siendo, es un espejo.
Y a mucha gente, históricamente, no le gusta verse reflejada sin filtros.

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