PIHKAL y TIHKAL: Los mapas químicos de la conciencia

Quiénes fueron Alexander y Ann Shulgin

Alexander “Sasha” Shulgin fue un químico estadounidense que trabajó inicialmente con la industria farmacéutica (Dow Chemical Company) y que acabó convirtiéndose en una figura clave en la historia de los psicodélicos.

  • Sintetizó y documentó más de 200 compuestos psicoactivos
  • Desarrolló metodologías de análisis rigurosas
  • Colaboró con organismos como la DEA en ciertos periodos (Luego vetado por la propia DEA)

 

Su pareja, Ann Shulgin (apellidada de n.Gotlieb) , aportó algo igual de importante:
Contexto psicológico y terapéutico. Venía del mundo de la psicoterapia y ayudó a traducir la experiencia química en lenguaje humano.

Trabajó como terapeuta laica con sustancias psicodélicas como MDMA y 2C-B en entornos terapéuticos mientras estas drogas aún eran legales. En sus escritos destacó el potencial de estas drogas desde una perspectiva psicoanalítica junguiana, así como su uso en combinación con la hipnoterapia. A menudo aparecía como oradora en convenciones y continuó abogando por el uso de psicodélicos en contextos terapéuticos.

 


Hablemos de los libros:

PIHKAL:

PIHKAL significa Phenethylamines I Have Known And Loved. El libro tiene dos partes:

1. Parte narrativa

Autobiográfica, casi novelada.
Cuenta la vida de Sasha, su relación con Ann, su forma de entender los psicodélicos, la intimidad del proceso.

2. Parte técnica:

-Síntesis química detallada
-Estructura molecular
-Dosificación
-Duración
-Efectos subjetivos

Cada sustancia incluye los famosos “reports”: Descripciones en primera persona de la experiencia.

TIHKAL (Tryptamines I Have Known And Loved) es la continuación.

Si PIHKAL es exploración, TIHKAL es inmersión.

Aquí entran compuestos más cercanos a:

DMT
psilocibina
5-MeO-DMT

Y el tono cambia. Más introspectivo, más espiritual. Menos “qué hace esto” y más “qué significa esto”.

Ann tiene mucho más peso aquí, especialmente en la parte psicológica y simbólica.

Lo que hace únicos estos libros es la combinación de:

Rigor científico
Experimentación directa
Honestidad brutal
Lenguaje accesible

Y, sobre todo, algo que hoy parece casi prohibido:
Asumir que explorar la conciencia puede ser una actividad legítima.

PIHKAL y TIHKAL son influyentes, valiosos, pero también polémicos.
Porque incluyen rutas de síntesis, información sensible y descripciones de sustancias poco estudiadas.

De hecho, tras su publicación, el laboratorio de Shulgin fue registrado y su relación con las autoridades cambió radicalmente.

 


Pihkal y Tihkal, la intrahistoria

Imagínate a un químico con una carrera perfectamente funcional —trabajando para Dow Chemical Company, haciendo dinero, haciendo lo que se espera de alguien brillante— y de repente algo se rompe. No por crisis, ni por rebeldía, simplemente por curiosidad.

Prueba mescalina para experimentar. Y no es que “le guste”, sino que entiende algo.

Entiende que la química no solo cambia cómo te sientes, sino cómo interpretas la realidad. Y cuando te das cuenta de eso, ya no puedes volver atrás del todo. Porque entonces la pregunta deja de ser “¿qué hace esta molécula?” y pasa a ser “¿qué es esto que llamo mente, si se puede modificar así?”

Y ahí empieza todo.

«Sasha» dejó la industria y se montó su propio laboratorio en casa. Y allí, durante décadas, se dedicó a sintetizar compuestos que nadie más se atrevía a tocar. Hizo más de doscientas sustancias psicoactivas, muchas de ellas completamente nuevas. Y no las guardaba para él. Las probaba, las documentaba, las compartía con un círculo reducido de amigos y colaboradores. Todo con un método obsesivo: anotaba dosis, efectos, duración, sensaciones. Como un catador de vinos, pero con la conciencia humana.


Ahí empieza la obsesión silenciosa buscando relaciones, patrones.

Cómo pequeños cambios en una estructura —un átomo más, un grupo químico distinto— provocan experiencias completamente diferentes. No más intensas, sino distintas. Como si cada molécula fuera una llave y la mente una cerradura con infinitas combinaciones posibles.

Y lo perturbador no es que funcione, 
es que lo hace de forma consistente.

Eso es lo que convierte el libro en algo incómodo. Porque deja de ser “subjetivo” en el sentido banal. Empieza a parecer un sistema, aunque no lo entendamos del todo.


Ann Shulgin

Luego está la otra parte, la que mucha gente pasa rápido porque quiere “lo interesante”: la narrativa. Ahí es el turno de Ann:

Porque te das cuenta de que todo ese trabajo químico no ocurre en el vacío. Ocurre entre personas, en relaciones, en dinámicas emocionales, en momentos concretos de la vida. Es laboratorio, si, pero también algo humano.

Ya no estás viendo a un científico frío. Estás viendo a alguien que está intentando entender algo que le supera, usando sólo las herramientas que tiene. Porque la química llega hasta donde llega. A partir de ahí, necesitas otro lenguaje.

Ann empezó a escribir. Y no escribía informes. Escribía relatos, confesiones, cartas a sí misma. Describía cómo se sentía al atravesar esos estados, qué veía, qué le dolía, qué entendía de golpe. Y al hacerlo, le dio a todo ese trabajo una dimensión que la ciencia por sí sola nunca podría alcanzar: La dimensión humana, y lo que nos convierte en «eso», las emociones.


Lo que incomoda de verdad

Estos libros no son solo interesantes. Son incómodos. Porque incluyen instrucciones detalladas para sintetizar compuestos que en la mayoría de países son ilegales. Y eso, claro, les costó caro. Después de publicarlos, como ya comenté, el laboratorio de Sasha fue registrado por la DEA. Las autoridades, que antes le consultaban como experto, empezaron a mirarlo con otros ojos.

Pero más allá de la polémica legal, lo que realmente incomoda de PIHKAL y TIHKAL es la pregunta de fondo que los atraviesa: ¿hasta qué punto nuestra conciencia es algo fijo, y hasta qué punto es algo que podemos modular con precisión química? Y la respuesta que sugieren los Shulgin —porque ellos la vivieron en sus propias carnes— es que podemos templarla, ajustarla, y mucho más de lo que nos gustaría admitir.

Y eso da miedo. Porque si es así, entonces nuestra identidad, nuestros recuerdos, nuestras certezas… no son tan sólidos como creemos.

Por qué siguen importando

Hoy se habla mucho de psicodélicos. Hay empresas invirtiendo millones, terapias prometedoras, artículos en revistas serias. Pero casi todo eso —con perdón— es recalentado. Los Shulgin ya estaban ahí décadas antes, sin financiación, sin reconocimiento, sin permiso. Solo con una curiosidad feroz y una pareja que se apoyaba mutuamente.

Ann murió en 2022. Sasha en 2014. Pero lo que dejaron no es solo un catálogo de sustancias. Dejaron una forma de hacer las cosas: Con rigor, sí, pero también con humildad, con vulnerabilidad, con amor.

Porque ellos no se veían a sí mismos como científicos distantes. Se veían como exploradores de un territorio que apenas empezamos a cartografiar.

Por eso, cuando alguien reduce sus libros a «manuales de drogas», me da un poco de pena. Es como si te regalaran un mapa del tesoro y tú solo juzgaras la calidad del papel o su acabado estético.

Los Shulgin nos dejaron una pregunta abierta, y esa pregunta sigue ahí, en punto muerto: ¿Qué más podemos ser, si nos atrevemos a mirar de verdad hacia dentro?

Y que quizá hemos simplificado demasiado los conceptos de “mente”, “experiencia”, “realidad”…


Deja un comentario

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
Languages »