La última entrevista de Roland Griffiths

Hay entrevistas que funcionan porque quien responde tiene autoridad sobre el tema. Y hay entrevistas que funcionan porque quien responde, de pronto, es el tema. La que David Marchese le hizo a Roland Griffiths para la sección «Talk» de The New York Times Magazine, publicada el 9 de abril de 2023, pertenece a esta segunda categoría, y por eso sigue citándose años después en medio mundo de la divulgación psicodélica.

Para entender por qué importa, hace falta situar primero quién era Griffiths. Psicofarmacólogo de formación —su carrera inicial se centró en el estudio de fármacos sedantes e hipnóticos, no en psicodélicos—, en 1999 impulsó en la Universidad Johns Hopkins el primer estudio riguroso en décadas sobre los efectos de una dosis alta de un psicodélico clásico en voluntarios sanos sin experiencia previa. La publicación resultante, en 2006, sobre cómo la psilocibina podía provocar experiencias místicas con significado personal duradero, está considerada casi universalmente el estudio que reactivó la investigación científica seria sobre estas sustancias en todo el mundo. En 2019, ese trabajo derivó en la creación del Centro para la Investigación de Psicodélicos y Conciencia de Johns Hopkins, financiado con 17 millones de dólares en donaciones, del que Griffiths fue director fundador.

Una parte central de su trabajo, además, se había centrado específicamente en pacientes con cáncer terminal: administrarles psilocibina bajo supervisión clínica para tratar la angustia existencial y la depresión asociadas a un diagnóstico de muerte inminente. Llevaba más de una década demostrando, con datos, que esa angustia podía aliviarse. Y entonces, en noviembre de 2021, a él mismo le diagnosticaron cáncer de colon en estadio 4, con un pronóstico de apenas unos meses de vida.

La entrevista de 2023 lo encuentra a él, el investigador, convertido en el paciente.


Qué se dice realmente en la entrevista

Conviene aclarar algo antes de entrar en materia: no vamos a reproducir fragmentos extensos del texto original —por derechos de autor, y porque además creemos que lo importante aquí es lo que Griffiths transmitía, no la redacción exacta de Marchese—. Pero sí podemos contar con detalle qué dijo y qué significó.

El episodio que todo el mundo cita

El momento más recordado de la conversación es uno muy concreto: Griffiths contó que, tras el diagnóstico, decidió tomar una dosis alta de LSD con una intención muy específica —dirigirse directamente a su propio cáncer y preguntarle, sin rodeos, si iba a matarlo—. Describió haber recibido una respuesta que, en esencia, venía a decir que sí, que la muerte llegaría, pero que había un sentido y un propósito en todo aquello que iba más allá de su comprensión racional, y que la forma en que estaba afrontando el proceso era exactamente la adecuada.

Lo interesante no es tanto la anécdota en sí —cualquiera puede describir una experiencia subjetiva bajo los efectos de una sustancia psicoactiva— sino quién la contaba: un científico que había pasado veinticinco años exigiendo rigor metodológico a sus propios colaboradores, y que ahora aplicaba esa misma introspección a su propia muerte, sin renunciar ni al lenguaje científico ni a la honestidad sobre la incertidumbre.

La crítica al materialismo occidental

Griffiths fue explícito en cuestionar la idea, dominante en la cultura científica occidental, de que la conciencia simplemente «se apaga» al morir, como un interruptor. Sin afirmar tener una respuesta definitiva —algo que, como buen científico, evitó en todo momento—, planteó que existen muchas otras formas posibles de entender ese tránsito, e incluso llegó a sugerir que podría tratarse de un comienzo en lugar de un final. Es una postura que no defendía como creencia religiosa, sino como una posibilidad epistemológicamente honesta ante algo que, por definición, ningún ser humano ha podido verificar desde el otro lado.

Gratitud, no pánico

A lo largo de la conversación, Griffiths relacionó explícitamente su capacidad para afrontar el diagnóstico con serenidad con dos prácticas que había cultivado durante años: una meditación disciplinada —se había implicado profundamente en la comunidad de meditación Siddha Yoga desde los años 90— y su propia experiencia personal con psicodélicos. En otras entrevistas de la misma época (con NPR y The Guardian) fue igual de explícito: dijo que esa combinación le había enseñado que la mejor forma de vivir el diagnóstico era practicando gratitud por lo valiosa que es la vida, y que la experiencia del cáncer, paradójicamente, le había dado una nueva urgencia para aprovechar el tiempo que le quedaba.

Un proyecto que dejó a medias

La entrevista también recoge un dato que hoy, con perspectiva, resulta casi premonitorio: Griffiths mencionó que estaba trabajando en un estudio sobre cómo dosis altas de psilocibina afectaban a sacerdotes y otros miembros de órdenes religiosas, para comprobar si la experiencia producía en personas ya profundamente espirituales el mismo tipo de efecto transformador que había documentado en participantes sin ninguna tradición religiosa previa. Es un ejemplo más de que, incluso sabiéndose en la recta final, seguía pensando como investigador, generando preguntas nuevas hasta el último momento.


Lo que vino después: seis meses, y luego un vacío que se llenó rápido

Griffiths murió el 16 de octubre de 2023, exactamente seis meses después de la publicación de la entrevista, a los 77 años, tras más de cincuenta años como investigador clínico en Johns Hopkins y autor de más de 400 artículos científicos.

Lo notable, y esto dice mucho sobre el estado real de la investigación psicodélica hoy, es que la institución que fundó no se detuvo. Meses antes de morir, ya en junio de 2023, el propio Griffiths había participado en la transición ordenada del centro: nombró como sucesor a Frederick Barrett, su antiguo subdirector, mientras él permanecía como miembro del equipo directivo y de la facultad. En su despedida pública, Griffiths destacó de Barrett su compromiso con el rigor científico y su solidez ética —las mismas cualidades por las que él mismo era conocido entre sus colaboradores, que recuerdan cómo escrutaba cada palabra y cada dato antes de publicar cualquier estudio—.

Poco después de su muerte, la universidad anunció la creación de la Cátedra Roland R. Griffiths de Investigación Psicodélica sobre Espiritualidad Secular y Bienestar, dotada con 24 millones de dólares —la beca de investigación más grande jamás establecida en la Facultad de Medicina de Johns Hopkins—, cuyo primer titular fue David Yaden, uno de sus colaboradores habituales.


Tres años después: ¿cómo están las cosas en 2026?

Es aquí donde conviene hacer balance, con la misma honestidad con la que hemos tratado otros episodios de esta historia en sweed.es.

El centro que fundó sigue vivo y produciendo ciencia. Desde su creación en 2019 hasta hoy, el Centro para la Investigación de Psicodélicos y Conciencia de Johns Hopkins ha publicado más de 150 artículos revisados por pares, y sigue generando investigación activa en 2025 y 2026 sobre temas que van desde los correlatos neurológicos de las experiencias psicodélicas hasta su aplicación en trastornos de estrés postraumático complejo. La institución que Griffiths imaginó como un espacio permanente para esta ciencia, lejos de disolverse con su fundador, se ha consolidado.

La psicoterapia psicodélica para la angustia ante la muerte, el campo específico en el que trabajaba Griffiths, sigue siendo uno de los usos con mayor respaldo de evidencia, más consistente incluso que otras aplicaciones más mediáticas como el MDMA para el TEPT, que como ya hemos contado en otro artículo sufrió un serio revés regulatorio en 2024. La psilocibina para la ansiedad y depresión asociadas a enfermedades terminales no ha llegado todavía a una aprobación regulatoria plena, pero sigue acumulando ensayos y sigue siendo, junto a la depresión resistente, el terreno donde la evidencia científica es más sólida.

Y sin embargo, el campo en su conjunto avanza con más cautela de la que la propia entrevista de 2023 parecía anticipar. El entusiasmo de aquellos años, con Griffiths como uno de sus rostros más reconocibles y serios, convivía con expectativas de aprobaciones inminentes que, como hemos documentado en otros artículos, no siempre se cumplieron en los plazos previstos. Es, quizás, la lección más importante que deja su legado: Griffiths nunca fue un activista que prometiera curas milagrosas, sino un científico que insistía en la precisión del lenguaje y en la solidez de los datos, incluso —o especialmente— cuando hablaba de su propia muerte. Esa misma exigencia es la que hoy sigue guiando (o debería seguir guiando) a todo el campo que él ayudó a resucitar.


Una última reflexión

Hay algo genuinamente inusual en la historia de Roland Griffiths: pocas veces un investigador tiene la oportunidad —si se le puede llamar así— de convertirse en el sujeto de su propio campo de estudio. Griffiths pasó una década documentando cómo la psilocibina podía ayudar a otras personas a mirar la muerte de frente sin que el miedo lo dominara todo. Cuando le tocó a él, no cambió de discurso ni buscó certezas que no tenía: simplemente aplicó a su propia experiencia la misma curiosidad rigurosa, la misma honestidad sobre lo que no se puede saber, y —según todos los que estuvieron cerca de él en sus últimos meses— la misma serenidad que había visto emerger, una y otra vez, en las personas que participaron en sus estudios. Puede que esa coherencia entre lo que investigó y lo que vivió sea, al final, su legado más elocuente.


Este artículo se basa en la entrevista original de David Marchese a Roland Griffiths («Talk», The New York Times Magazine, 9 de abril de 2023), así como en entrevistas posteriores concedidas a NPR, The Guardian y Oregon Public Broadcasting, y en los comunicados oficiales de Johns Hopkins Medicine tras su fallecimiento el 16 de octubre de 2023.

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